Los niños de la crisis venezolana no comen bien y cuando lo hacen, son sus padres los que comen mal. Ellos viven en un país muy distinto al que muchos de nosotros vivimos cuando fuimos niños. Deprivación, excusas y nociones económicas rodean su mente.
Cuando era un niño en los 90’, recuerdo que mi bisabuela siempre me decía “mijo coma, que no sabe cuándo se acaba”. Lo entendía como un dicho de esos que lo abuelitos siempre dicen. Pero luego de muchos años la realidad me alcanzó y me hizo entender que lo que yo veía hasta hace pocos años como un improbable escenario hipotético, se ha convertido en una ineludible costumbre de vida.
Los niños de lo que conocimos como clase media pasan trabajo, porque sus padres han sido desplazados. Pero de hecho, no me quiero imaginar cómo viven los niños pobres de la actualidad porque no tengo que hacerlo.
Lo veo cuando salgo de mi residencia y aparecen niños provenientes de la misión vivienda más próxima pidiendo comida. Los puedes ver a varias cuadras de sus casas, abandonados en la calle por sus padres dìa tras dìa. ¿Acaso la igualdad era regalarle apartamentos a personas para que abandonen a sus hijos a la buena de Dios? Si eso es la igualdad yo no la deseo.
No es muy difícil ver estas realidades. Solo basta con sentarse un rato en la Feria del más grande centro comercial de Sabana Grande y observar como niños de 7 8 y 9 años deben vender tarjetitas con lindos mensajes del amor que ellos ya no tienen a cambio de dinero. Dinero que alimenta a personas autosuficientes.
A mi hijo acostumbro decirle que él no vivió ni la mitad del país que yo tuve a finales de los años 80’ y principios de los 90’. Así mismo, en plena crisis, podían haber tiempos difíciles, pero yo tuve todo lo que quise y lo que no también. La crisis era una menos fatídica y los ciudadanos eran aún más críticos y aguerridos. Acostumbraban a hablar de corrupción, de una forma mucho más activa que ahora. Evidentemente no es porque hoy en día no existan corruptos, sino porque se ha eregido una sociedad de complices.
El niño de antes podía tener juguetes. Conozco a una pequeñita de Catia que a mitad de los 90’ tenía su casita de la Barbie. Nada más alejado de nuestro hoy. El niño de esta crisis solo mira los juguetes en la televisión.
Peor aún, los niños de hoy saben de economía. Ellos hablan del dolar y del euro. Amazon y Ebay son la juguetería de los que tiene suerte. Los padres sufren mucho en diciembre para poder darles a sus hijos lo que quieren. Al menos a mí me da rabia que mi hijo no pueda tener todo lo que yo tuve.
Pero eso no es una prioridad en el ahora. La cuestión central es que los niños de la crisis que comen, lo hacen más o menos porque sus padres y madres son héroes y dejan de comer por ellos. Lamentablemente hay desigualdad, pero sobretodo de héroes. De la comida mejor ni hablemos, porque sencillamente casi no hay.
Cuando era un niño en los 90’, recuerdo que mi bisabuela siempre me decía “mijo coma, que no sabe cuándo se acaba”. Lo entendía como un dicho de esos que lo abuelitos siempre dicen. Pero luego de muchos años la realidad me alcanzó y me hizo entender que lo que yo veía hasta hace pocos años como un improbable escenario hipotético, se ha convertido en una ineludible costumbre de vida.
Los niños de lo que conocimos como clase media pasan trabajo, porque sus padres han sido desplazados. Pero de hecho, no me quiero imaginar cómo viven los niños pobres de la actualidad porque no tengo que hacerlo.
Lo veo cuando salgo de mi residencia y aparecen niños provenientes de la misión vivienda más próxima pidiendo comida. Los puedes ver a varias cuadras de sus casas, abandonados en la calle por sus padres dìa tras dìa. ¿Acaso la igualdad era regalarle apartamentos a personas para que abandonen a sus hijos a la buena de Dios? Si eso es la igualdad yo no la deseo.
No es muy difícil ver estas realidades. Solo basta con sentarse un rato en la Feria del más grande centro comercial de Sabana Grande y observar como niños de 7 8 y 9 años deben vender tarjetitas con lindos mensajes del amor que ellos ya no tienen a cambio de dinero. Dinero que alimenta a personas autosuficientes.
A mi hijo acostumbro decirle que él no vivió ni la mitad del país que yo tuve a finales de los años 80’ y principios de los 90’. Así mismo, en plena crisis, podían haber tiempos difíciles, pero yo tuve todo lo que quise y lo que no también. La crisis era una menos fatídica y los ciudadanos eran aún más críticos y aguerridos. Acostumbraban a hablar de corrupción, de una forma mucho más activa que ahora. Evidentemente no es porque hoy en día no existan corruptos, sino porque se ha eregido una sociedad de complices.
El niño de antes podía tener juguetes. Conozco a una pequeñita de Catia que a mitad de los 90’ tenía su casita de la Barbie. Nada más alejado de nuestro hoy. El niño de esta crisis solo mira los juguetes en la televisión.
Peor aún, los niños de hoy saben de economía. Ellos hablan del dolar y del euro. Amazon y Ebay son la juguetería de los que tiene suerte. Los padres sufren mucho en diciembre para poder darles a sus hijos lo que quieren. Al menos a mí me da rabia que mi hijo no pueda tener todo lo que yo tuve.
Pero eso no es una prioridad en el ahora. La cuestión central es que los niños de la crisis que comen, lo hacen más o menos porque sus padres y madres son héroes y dejan de comer por ellos. Lamentablemente hay desigualdad, pero sobretodo de héroes. De la comida mejor ni hablemos, porque sencillamente casi no hay.
